
La perspectiva de un director gringo sobre las míticas “amarillas”, en un paseo nocturno lleno de personajes característicos de este medio de transporte. Nehoc Davis deja un retrato de su impresión al llegar al “lugar más lejano del mundo”, en donde propone un chileno de la más baja calaña.
Un gringo llega a la capital de nuestro país buscando tema para filmar su opera prima. Se topa con una ciudad llena de perros callejeros, smog y bólidos amarillos. En medio de reflexiones sobre lo que está enfrentando, decide hacer una película acerca de lo que incluye un viaje en micro por los parajes de Santiago.
Al principio y en una suerte de justificación, cuenta que no tenía nada para comenzar. Ni guión, ni actores. Por eso se vió en la obligación de hacer un casting para construir su narración. Sin embargo, en el final de la película esta situación evoca más a una disculpa, que a las vivencias reales del gringo, luego de que hemos visto una representación ultra burda del santiaguino.
Es una parada de personajes llevados al extremo, tanto así que no se hacen creíbles. Reunidos en una de las micros amarillas, se van entrelazando en una historia de situaciones absurdas. 
Aquí hacen nata los personajes patéticamente superficiales, fracasados o que no tienen más cosas en la vida que este momento en la micro, sin importar el destino a donde se dirijan. Pasan vendedores ambulantes, prostitutas, travestis, el cantante – y su canción “Jugo de tomate”, es lo mejor-, dos oficinistas llenos de prejuicios, las típicas minas huecas que andan por la vida buscando un amor a la pasada, mormones en un entredicho entre la palabra del señor y el placer del sexo, entre otros.
Créditos especiales sí, para el “negro” que se le quemó la casa, despertó en una playa después de que le habían robado el riñon y se sube a pedir plata dando lástima. Algo muy típico en las micros, unas veces verdad, otras mentira.
Pero nada sirve llenar una historia si no tiene un norte claro. Sólo se muestra un popurrí de estereotipos sin sentido alguno, donde lo único que los une es la coincidencia de que se subieron a la misma micro. De crítica social, nada. Sólo reiterar una vez más los defectos conocidos de los que habitamos esta faja de tierra. Microfilia trata más la subjetividad antojadiza de su director, para proponer al chileno como un animal que anda a la caza de un encuentro sexual, chaquetero y lleno de resentimiento.
Cuenta con un montaje que, más que organizar las imágenes para que pasen con una continuidad fluida frente a los ojos, se pierde en una serie de cortes extraños. No deja espacio para que el espectador se ubique en una temporalidad definida, dejando ciertas suspicacias a merced del espectador. Por ejemplo, ¿los oficinistan van al trabajo o vuelven de él? y si van ¿viajan toda la noche en la micro para llegar?. Lo mismo que la “señora” del perro, viaja toda la noche en una micro para que cuando amanezcan recoja un perro atropellado y lo vaya a vender -eso fue lo más “WTF!!” de la película-. Nada queda claro.
Definitivamente si quiere ver algo que valga la pena, evada Microfilia. Si quiere permanecer con el recuerdo de la nostálgica necesidad de “amarillas” que provocó el Transantiago, apártese de esta producción. Por último, si aprecia el dinero que va a pagar por la entrada, vaya a la siguiente opción de su listado de panoramas cinéfilos, que si no ve ésta, no se perderá nada.













Por M - Mar 16, 2008 | Responder
Vi el trailer cuando fui a ver Juno y la verdad es que sentí vergüenza ajena. P5ta la wea mala, por la ch5cha. Y si el trailer ya era una reverenda m3erda, me imagino cómo fue la película…
Saludos!