
¿Por qué a muchos de los chilenos les desagradan los musicales? Cuando fui a ver Sweeney Todd no fueron pocos los espectadores que pusieron cara de asco en el momento en que Johnny Depp empezó a cantar. No han sido aislados los comentarios negativos que he escuchado tanto de Chicago como de Moulin Rouge. Y no me parece casual que Los productores, una comedia musical sobre la producción de un musical (escrito por el mítico Mel Brooks) haya saltado directamente a video sin pasar por las salas de cine, o que la misma Sweeney Todd nunca haya sido promocionada como un musical en Chile.
¿Nos da vergüenza ajena ver a alguien cantando y bailando en pantalla? ¿Nos resulta imposible suspender la incredulidad con una situación como esta? ¿Asociamos los musicales con las películas Disney y por lo tanto creemos que son sólo para niños? ¿Somos tan poco entonados que evitamos a toda costa cualquier canción que exija entonación?
Sea cual sea la razón, lo cierto es que a mí, un fanático del género, me entristece que los cinéfilos nacionales se nieguen a apreciar una parte esencial de la historia del cine a causa de una fobia ridícula. Las comedias musicales son el cine en su máxima expresión, simplemente porque este género se integran absolutamente todas las artes escénicas en un conjunto armónico y coherente.
¿A qué me refiero con esto? Pensemos en una película típica, como E.T. En ella, las imágenes y el sonido que nos narran la historia se ven acompañados de música que ayuda a crear ambiente, anticipar momentos dramáticos y, por lo general, acompañar la imagen. Sin embargo, en este conjunto la música se presenta como algo irreal, puesto que nadie tiene una banda sonora para su vida (al menos nadie que yo conozca). Esto significa que en una película típica uno podría dejar en silencio la música y sería muy sencillo seguir el hilo de la historia y entretenerse.
Sin embargo, en el musical la banda sonora no es sólo un acompañamiento: es un elemento más del relato, una parte esencial del espectáculo. Sin música, no hay historia, no hay tensión dramática, no hay hilo conductor, no hay nada. Usando términos culinarios, la música deja de ser un condimento para convertirse en plato de fondo. ¡Y qué plato de fondo!
No quiero hacerme pasar por un experto en el género, puesto que no he visto todos los musicales que cualquier cinéfilo debería haber visto (especialmente los de Fred Astaire, Gene Kelly o Frank Sinatra), pero siento que he visto suficiente como para comprender que se trata de un género maduro capaz de entregar obras trascendentes y, sobre todo, entretenidas.
Cierto es que el hecho de que parte o todos los diálogos sean cantados nos hace más difícil suspender la incredulidad. Pero también es cierto que esta distancia que tomamos de la obra nos permite saborearla de forma distinta, analizarla no sólo como una obra de entretención, sino como una representación estética del mundo. Eso significa que los musicales tienen un gran potencial como obras capaces de hacernos reflexionar sobre nuestro mundo.
Veamos por ejemplo Cantando bajo la lluvia, el musical por antonomasia: en él se hace un homenaje en tono cómico al nacimiento del cine sonoro y se descubren muchos detalles sabrosos del backstage en la época de oro del cine norteamericano. The Rocky Horror Picture Show, un musical de culto que homenajea el cine de terror de la primera mitad del siglo XX, es también un canto a la liberación sexual y una divertida reflexión acerca de la hipocresía moral. Yéndonos a ejemplos más recientes, Bailarina en la oscuridad de Lars von Trier es un drama acerca del patetismo humano y la crueldad de nuestra sociedad. Y la ya mencionada Chicago retrata sin vergüenza el doble estándar de la justicia y la prensa, poniendo a estos dos poderes al nivel de espectáculos que deben complacer un público ávido de morbo, sin importar el costo.
No se trata de enamorarse del género musical de la noche a la mañana, sino de darle una oportunidad: enfrentar lo que sea que les genera repulsión en él y tratar de ver más allá de su fobia. Descubrir que en el musical hay una dimensión del cine totalmente distinta, capaz de ver el mundo con mayor distancia y más profundidad, precisamente gracias al hecho de que son sinceramente “irreales”. Pero descubrir sobre todo que el musical es un espectáculo divertido y fascinante como pocos, en el cual el baile, la música, el canto, los efectos especiales y el relato dramático se entrelazan creando un juego pirotécnico igualable sólo (quizás) por la ópera en vivo.













Por M - Mar 18, 2008 | Responder
No soy fanática de los musicales, pero igual los paso -thank you, Disney-.
Eso sí, cuando fui a ver Sweeney Tood, olvidé que era un musical y no pude evitar una mueca al principio. Puede que sea lo que tú dices, la vergüenza ajena. Sobre todo después de escuchar varias veces “I feel you, Johana”… O porque se asocia a películas para niños.
No sé, yo creo que los cantos y bailes funcionan mejor en la comedia, al menos en el cine. Con Cantando Bajo la Lluvia y Los Productores me dì cuenta de eso. Hasta con Encantada, cuando uno de los protagonistas se queja porque la mina empieza a cantar. Apuesto a que muchos espectadores se identificaron con él.
Igual espero que en Chile no se haga un musical (Rojo no cuenta. Simple prejuicio).